La guerra que jamás ocurrió
Hay una imagen popular — documentales, novelas, hasta videojuegos — donde el imperio azteca, en su cumbre, se lanza sobre el territorio maya. Ejércitos cruzando la selva. Pirámides mayas cayendo bajo el águila mexica. Es una imagen poderosa. Y nunca pasó.
Cuando los aztecas llegaron a su máximo esplendor — el siglo XV, bajo emperadores como Ahuítzotl y Moctezuma II —, el mundo maya clásico llevaba siglos de transformación. Las grandes ciudades del período clásico (Tikal, Palenque, Calakmul) ya habían sido abandonadas hacía más de quinientos años. Lo que quedaba era un mosaico de reinos mayas en Yucatán, Chiapas, el Petén y las tierras altas guatemaltecas. Distintos entre sí, lejos de la capital azteca de Tenochtitlan, y separados por miles de kilómetros de selva, montaña y costa.
El imperio azteca, a pesar de su poder, jamás conquistó militarmente ningún reino maya. No hay glifo, códice, crónica colonial ni evidencia arqueológica de una invasión a gran escala. Lo que sí hay, y está bien documentado, es algo distinto y más interesante.