El pozo que nadie buscaba
El descubrimiento empezó como un error de obra. En 1967, durante la construcción de una pista de aterrizaje pequeña cerca de la zona arqueológica de Chichén Itzá — a apenas 400 metros del famoso Cenote Sagrado —, los trabajadores chocaron contra una cavidad subterránea. Lo que parecía un agujero más en la roca caliza resultó ser un chultún, una cisterna artificial maya tallada en piedra, sellada deliberadamente siglos atrás.
Adentro no había agua. Había huesos. Cientos de huesos de niños. Las primeras exploraciones del sitio — lideradas por el arqueólogo mexicano Víctor Segovia Pinto — documentaron restos de más de 100 individuos, todos infantiles, depositados en capas a lo largo de mucho tiempo. El chultún fue catalogado, los restos guardados en cajas en la bodega del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), y la pregunta quedó pendiente: ¿quiénes eran y por qué estaban ahí?